¿VIVIR CON ESPERANZA O VIVIR DE ELLA?

Cuando hablamos de esperanza lo hacemos de un estado interno, de un sentimiento, de una fortaleza, de una llamada al optimismo, de una actitud ante la vida, de una forma de estar en el mundo. Por algo decía Aristóteles, filósofo griego, que “la esperanza es el sueño del hombre despierto”.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define la ESPERANZA como el estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. A partir de esta definición la esperanza puede ser entendida como uno de los motores que impulsa al ser humano hacia el futuro al que aspira y que espera. De hecho, la esperanza es ese estado interno que nos motiva y proporciona fuerza para poder continuar cuando parece que no encontramos salida y que todo está perdido. Sin ir más lejos, es uno de los pilares sobre los que se sustentan los deportistas para no dar por perdido un partido o competición que inician de forma negativa o cosechando un resultado parcial adverso. Por tanto, es la esperanza la que nos permite seguir hacia delante y continuar luchando con ilusión y motivación, al margen del resultado que obtengamos al final.

 

Decía Ovidio, filósofo latino, que "la esperanza hace que el naufrago agite sus brazos en medio de las aguas, aún cuando no ve tierra por ningún lado". No es de extrañar, por tanto, que en aquellos casos en los que se pone en juego la auto/heteroconservación (la propia supervivencia y la de los demás), la sabiduría popular acierte de pleno cuando clama que la esperanza es lo último que se pierde o que siempre hay razones para mantenerla.
Puertas esperanza

Sin esperanza se está psicológicamente muerto. Cuando esta expira, entonces aparece la desesperación. Y, psicopatológicamente hablando, la DESESPERANZA es el común denominador de los cuadros depresivos. En la Divina Comedia Dante Alighieri describe el infierno como una mansión de desesperados, en cuya fachada aparece esta inscripción: «perded toda esperanza los que aquí entráis». Bonita forma la suya a la hora de referirse a la puerta de entrada del mundo de la depresión.

Ahora bien, ¿LA ESPERANZA JUEGA SIEMPRE UN PAPEL AL SERVICIO DE NUESTRO EQUILIBRIO EMOCIONAL?, ¿CUMPLE SIEMPRE UN PAPEL ADAPTATIVO? Nietzsche, filósofo alemán, afirmaba que “la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”. Será por eso que en algunos momentos, al igual que ocurre con la paciencia, dan ganas de perderla. Por otro lado, Ramón de Campoamor, poeta español, se sinceró de la siguiente forma: “Mi querida más fiel fue la esperanza que me suele engañar y no me deja”. De la autorrevelación del poeta se desprende que tenemos la capacidad de construir en la fantasía un mundo paralelo, y en ese sentido la esperanza puede constituir un buen instrumento que nos ayude a compensar una realidad que nos duele. En ocasiones tendemos a fundir la fantasía con la realidad y entonces nos ocurre lo mismo que cuando no distinguimos la figura del fondo, que nuestra actividad psíquica fabrique “falsas ilusiones”.

ESPERANZA Y DUELO POR UNA PÉRDIDA. La esperanza es un intangible que manejamos en el mundo de la fantasía y la imaginación, de modo que a veces le otorgamos el papel de combustible para que podamos permanecer en estado de estar en espera. Y es ahí donde la esperanza a veces se convierte en una defensa que nos impide en el aquí y el ahora aceptar la realidad de la pérdida de un ser querido (en la fantasía revivimos al difunto constantemente, no lo dejamos morir y así quedamos a la espera de que el ser querido vuelva a casa y todo vuelva a la normalidad) o del fin de una relación sentimental. En ocasiones, por tanto, cuando sostenemos la esperanza indefinidamente en el tiempo, dejamos una puerta entreabierta por la que se cuelan fantasías que nos impiden proseguir nuestro camino. 

VIVIR EN LA NUBE DE LA ESPERANZA Vivimos de la esperanza cuando negamos total o parcialmente los datos provenientes de la realidad, dando lugar a una fantasía omnipotente en la que tenemos la capacidad de mantener la posibilidad de alcanzar lo que esperamos y deseamos en nuestro mundo interno y, por ello, de no tener que renunciar ni despedirnos de ello en el plano de la realidad.  

Vivir en la nube esperanza

“La esperanza y el temor son inseparables y no hay temor sin esperanza, ni esperanza sin temor”, decía François de la Rochefoucauld. Y es que la esperanza nos protege de tener que afrontar esa realidad que nos provoca dolor. Desprendernos de ella supone afrontar el duelo por la pérdida de una ilusión y de unas expectativas y confrontar con la realidad. Y aquí la esperanza se convierte en una especie de cárcel de la que es mejor no escapar.

¿VIVIR CON ESPERANZA O VIVIR DE ELLA? Si bien resulta adaptativo vivir con una buena dosis de esperanza que nos motive y proporcione energía para vivir con ilusión, debemos tener presente que vivir de la esperanza puede ser el origen de la génesis de “falsas ilusiones” que se alejen del plano de la realidad y que a la larga supongan un pesado lastre que no nos deje avanzar a lo largo de nuestro camino.

En psicoterapia nos encontramos con personas que refieren que su vida se ha “paralizado”, que se encuentran bloqueadas y que presentan dificultades para experimentar ilusión nuevamente. En ocasiones encontramos que el sentimiento de esperanza, que mantiene ligado a la persona a objetos, actividades o relaciones pasadas o imaginadas en el futuro, es el responsable de que haya bloqueado su capacidad para depositar su ilusión en otra actividad o relación.

A veces DESDE LA ESPERANZA NOS EMPEÑAMOS en mantener una ilusión que nos aleja de la realidad y no nos deja continuar nuestro camino. Por eso, decir adiós a la esperanza a tiempo, si bien es un ejercicio doloroso en cuanto supone despedirse de una ilusión, por muy “falsa” que sea, posibilita dar la bienvenida a la libertad y a la espontaneidad, que, por otra parte, bienvenidas sean.

 

JAVIER DE LA CRUZ LABRADO

Psicólogo Clínico y Forense

Director de CALIOPE INNOVA

 

 

 

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